EN UNA SOLA LÍNEAÍndice · 05/06EN

05 / TERRITORIO

Cuentos y relatos

La grieta de lo cotidiano

Historias breves en las que una fruta, una válvula o un viaje improbable abren otra forma de mirar la realidad.

10 textos · Comenzar ↓
54

El limbo

El limbo es ese lugar capaz de convertir un pequeño destello en gran ilusión. Lugar de sombra donde se aprecia algún sentido de tiempo.

Ahí en esa nada habita el silencio del desinterés. Está lleno de un espacio posible para incomodar.

En el limbo nada pasa, todo se ignora. Qué incómoda es la nada, es un cascarón vacío. Es como la piel de una víbora, se ve que algo lo contuvo y ahora solo queda ese pellejo áspero, quebradizo, frágil e inservible.

Ni de amenaza sirve, solo es un recuerdo de la vida. Vivo en el limbo. Ni me sofoca, ni me escupe. Lo trago amargo, lo mastico una y otra vez pensando que le encontraré sabor y sentido, pero no.

Pongo la cara en el limbo a ver si algo pasa y no siento nada. No hay brisa, no hay sopor, nada suena y todo queda ausente. Y, aun así, un pequeño destello parece una gran ilusión.

Volver al índice ↑
55

La válvula

La puerta es la válvula de la vida. Por ella entran los pleitos y las penas, y salen los perdones y olvidos.

La puerta sirve para dejar entrar a los hombres vencidos y les permite volver a salir con los pechos hinchados de orgullo. En la puerta se paran los hombres que dudan y las mujeres que esperan. En la puerta se besan los amantes que deciden pasar por fin, y también es el mejor lugar para pensarlo mejor y despedir el deseo.

En la puerta se leen mensajes de protección y bendiciones, y algunos bien podrían detenerse a rezar antes de cruzar aquel umbral.

En la puerta se detiene el tiempo para que sea posible cambiar de dimensiones. Una vez que se ha cruzado, la realidad cambia y nuestro pensamiento muestra con decisiones un destino.

En la puerta se quedan los recuerdos de los días perdidos, los escritos a medias y algunos amigos.

En mi puerta, yo decido cuántas veces me quedo dentro o salgo para encontrar un nuevo camino. No hay horario preciso, tampoco importa el día; está allí como espacio límbico para ser ocupado.

Cuántas veces no la he cruzado sin darme cuenta de mi tránsito. Es tan común que olvido su cobijo fundamental, su precioso valor. Cruzar es por sí mismo un acto de redención, y se cruza una y otra vez hasta encontrarle sentido.

Volver al índice ↑
56

Para comer fruta

Hoy definitivamente fue uno de esos días llenos de ilusión al ir de compras. Obviamente, al empezar en la sección de frutas y verduras, no pude dejar pasar la oportunidad de tantear los melones y las sandías. Les di una buena palmada y sentí su firmeza para reconocer si estaban en su punto. Les di vuelta para encontrar la marca del pedúnculo, ese tallo caído que deja un pequeño hueco. Justo ahí acerqué mi nariz y aspiré profundamente para captar su aroma dulce, tan característico del momento óptimo para comerlas.

Al llegar a casa, ya en la privacidad de la cocina, volví a tomar con la palma firme aquellas frutas que por su peso me invitaban a sostenerlas con más cuidado. Con mano firme sobre un costado, clavé profundamente el cuchillo y deslicé hasta generar una gran incisión; continué mi corte sin dudar un momento y la fragancia dulce y aromática llenó mi nariz.

El melón es muy especial, se escurre mientras este movimiento prepara el desliz de mi cuchillo. Queda abierto de un tajo y ante mí se despliegan dos mitades llenas de semillas que se ofrecen jugosas. Sin perder un instante, introduciendo mis dedos entre esas mitades, giro y retiro aquella tentación que se deshace y derrama jugo entre mis dedos. La pulpa queda expuesta y me acerco nuevamente para sumergirme profundamente en el embriagante sabor que se me ofrece.

Determinado a no dejar pasar el momento, corto la primera rebanada y me la llevo directo a la boca para hincarle una mordida profunda que llega hasta mis mejillas y, con ella, un chorreo de jugos alrededor de mi cara. El aroma, la pulpa, el jugo y yo, en ese momento, nos unimos en un bocado completo.

Volver al índice ↑
57

Hijo te quiero, lejos

(Cuento nacido de la negación de un área verde en Jurica)

Hijo, desde que supe que nacerías, he cuidado tu gestación, procurando que nacieras en las mejores condiciones. Hoy, que ya es un hecho que estás aquí, debo mandarte a un internado donde podrás recibir lo mejor. Yo seguiré atento a ti y te visitaré cuando pueda. Haré promesas de ir a verte, pero no estarás en casa. Aquí despertarías tentaciones, vendrían tus amigos y, seguro, uno que otro indeseable. Te visitarían y ocuparían la calle, se estacionarían frente a la casa, y la verdad, no los quiero aquí.

Mandarte lejos es mejor. Hay un camino especial para irte a ver, y los otros te cobijarán mejor que yo. Si te ponen a trabajar, me dará mucha pena porque, desde que supe que nacerías, quise lo mejor para tu vida, para la nuestra. Ojalá no tenerte en casa forje un mejor destino para tu carácter y te integres a la sociedad como un ser bueno. No podría ser de otra manera si, gracias a mí, has nacido; gracias a mi determinación y cuidados, estás aquí.

Hijo, te quiero con toda el alma, pero no puedes estar aquí. No te doy la espalda, solo busco lo mejor también para mí.

Volver al índice ↑
58

Los tiempos mejoran

Los tiempos mejoran cuando se agarra con tiempo la cadera a dos manos. Se aprieta en segundos y se desliza sobre el cuerpo hasta que llegue la hora de tomar los senos y bajar la mano y reconocer que ya es momento de besar el cuello y tomar la vulva.

El tiempo mejora cuando se deja ir para perderlo mientras se recorre toda la silueta, se besan los rincones y se aspira ese aroma dulce del sexo.

Mejora el tiempo cuando mi boca encuentra con prisa los pezones y de una chupada se derriten con un gemido leve.

La respiración ahora es dueña del momento.

Volver al índice ↑
59

Frascos de vacío

Yo guardo el vacío en frascos y los dejo resguardados en la alacena. No les aprieto la tapa para abrirlos fácilmente.

Cada frasco vacío tiene el poder de añadir un toque de recuerdo, un aliño de sonrisa, un suspiro de abrazo. Qué suerte la mía al tener mi alacena llena de estos frascos para darle sabor a cualquier plato.

Volver al índice ↑
60

Puerta abierta

He dejado la puerta abierta y solo han entrado los ratones. Ha entrado el sol por la tarde, y mis perros salen por ella a ladrar.

He dejado la puerta abierta para que entres con el soplido del viento, con las hojas secas y junto con la tierra que han dejado mis pasos atrás.

No has venido, aunque te he dejado la puerta abierta. Incluso en la noche, no paso el cerrojo pensando que llegarás en la tormenta.

Mejor he salido yo por esa puerta en la noche con la cara en alto, mirando al cielo y buscando las estrellas.

Regreso tranquilo para dormir sabiendo muy poco de aquellas constelaciones que me han contado tantas historias de otros amores, de otros ventarrones, de otros portones y de tantos pasos ajenos.

He dejado la puerta abierta para que no llegues y, aun si me ilusioné, no correré el cerrojo para salir todas las noches dormido con la cara en alto, soñando otras razones.

Volver al índice ↑
61

Tuvimos lo nuestro

Un día tuvimos lo nuestro y se nos resbaló como agua en la mano. Recuerdo haberme llevado las manos a la cara y sentir la frescura del agua que se colaba entre mis dedos. Tuvimos lo nuestro, que no fue otra cosa que haber metido las manos en un balde de agua para juntarlas y beber de ellas. Metí las manos tantas veces para remojarme los brazos y salpicar el piso.

Tuvimos lo nuestro, que fue fugaz, aunque en aquel momento se sentía como si pudiera seguir por siempre. Metí las manos en el balde de agua tantas veces para luego llevarlas al cabello y colocarlo hacia atrás, levantando la cara sin pensarlo mucho y cerrando los ojos.

Tuvimos lo nuestro, contenido por un momento, y desparramamos agua sobre la tierra hasta que la tierra seca la absorbía. Sacudí mis manos mojadas al viento hasta secarlas, sabiendo que aunque tuvimos lo nuestro, no habría manera de mantener en nuestras manos, en mis manos, aquel momento.

Volver al índice ↑
62

El increíble viaje del Capitán Mascachueco

Una colaboración creativa entre padre e hijo: Federico Hernández Ruiz y Emiliano Hernández Soto (2007)

En los mares de Charcón, bajo los cielos de “Quién Sabe Dónde”, navegaba el valiente pirata Capitán Mascachueco, acompañado de su feroz tripulación. Eran un grupo de piratas bien nacidos, pero muy malcriados, y todos tenían sobrenombres asombrosos:

• Patachueca, el almirante

• Narizrara, el primer comodoro

• Garzín, el grumete

• Patalcaso, el timonel

• Sachuta, el vigía

• Imareado, el cocinero

Llevaban días, tal vez semanas, surcando el mar. Pero no había aventuras a la vista, y el aburrimiento los estaba hundiendo en un letargo tan profundo que parecían convertirse en parte del barco. ¡No podía ser! ¡Un barco lleno de piratas aburridos! El Capitán Mascachueco, decidido a evitar caer en el sopor que afectaba a su tripulación, pasaba las horas construyendo barcos a escala en su camarote. Ya había armado la mitad de la flota inglesa, parte de la española y un par de veleros portugueses. Sin embargo, afuera de su camarote, la tripulación no sabía cómo vencer el tedio.

En el comedor, Patachueca no dejaba de observar cómo le escurrían los mocos a Narizrara, mientras Garzín y Sachuta jugaban a las damas chinas. El pobre Narizrara estaba tan concentrado en las jugadas de Garzín que, además de los mocos, le caía un hilo de baba desde la boca hasta el suelo, creando un charco que nadie notaba... hasta que entró el cocinero Imareado.

Al entrar, Imareado tropezó con uno de los bancos y, al intentar salvarse, pisó el charco baboso. ¡Pobre! Resbaló y, en su intento por no caer, agarró el cabello de Sachuta, quien, en un reflejo, levantó los brazos y golpeó el tablero de las damas. Una ficha voló por los aires y fue a parar al ojo de Garzín, que lanzó un grito, tiró la mesa y empezó a golpear el suelo con los pies en un arranque de rabia.

El caos estalló en el comedor. Las fichas volaban, los bancos se volcaban y la baba de Narizrara seguía escurriendo por todas partes. Patachueca se tiró hacia atrás para evitar ser golpeado por una ficha pegajosa, y justo en ese momento, la puerta del comedor se abrió de golpe.

El Capitán Mascachueco apareció en la entrada, observando el desastre. En ese instante, una ficha voló directo a su rostro y le golpeó la frente, dejando una estela de baba viscosa. El Capitán, que siempre había sido un hombre paciente, se quedó quieto unos segundos, con los ojos entrecerrados. Y, luego, gritó:

—¡Atención, rufianes! ¡A sus puestos!

Los piratas intentaron levantarse, pero el suelo estaba tan resbaloso que apenas podían mantenerse en pie. Justo cuando parecía que el caos no podía empeorar, un fuerte golpe sacudió el casco del barco, haciendo que todos volvieran a caer en un revoltijo de mocos, fichas y baba. El Capitán Mascachueco, ahora completamente enfurecido, salió a la cubierta y desde allí vio algo que lo dejó sin palabras: a lo lejos, bajo un cielo gris, se alzaba la famosa Isla de Cortapescuezos.

—¡No puede ser! —susurró. Sabía bien lo que esa isla significaba.

Había escuchado leyendas en las tabernas, mientras tomaba malteadas. “Aquellos que se topen con la Isla de Cortapescuezos tendrán un destino melindroso, como piratas de agua puerca”, decían los viejos marineros. Pero el Capitán no podía dar marcha atrás. Sabía que el destino de todo buen pirata es enfrentar lo inesperado.

La tripulación, aún cubierta de baba y desalineada, intentó recomponerse. Los mocos seguían resbalando por sus caras cuando el Capitán les ordenó desembarcar.

El desembarco en la Isla de Cortapescuezos

La playa de los Dedos Desnudos era todo lo que prometía su nombre: una franja de arena blanca donde no había ni un solo rastro de zapatos ni de civilización. Al llegar, fueron recibidos por un viento que traía un aroma peculiar... ¡Flat-tu-las! Extraños murciélagos y monos que volaban impulsados por gases poderosos.

—¡Qué lugar tan raro! —dijo Narizrara mientras trataba de limpiar los mocos de su cara.

El equipo avanzó hasta una gran cueva, la cual mostraba señales de haber sido un lugar bullicioso hace mucho tiempo. Al entrar, los piratas se encontraron con un festín: ¡un sinfín de bocados mentolados esperándolos!

Hambrientos, no dudaron en abalanzarse sobre la comida. Pero algo raro comenzó a suceder. Al poco tiempo, sus estómagos se llenaron de una sensación extraña, y lo que antes era barba, comenzó a transformarse en tubos mentolados que crecían y se enroscaban a su alrededor.

—¡Esto no es normal! —gritó Patalcaso, mientras intentaba arrancarse uno de los tubos que le caían por la cara. No solo eso: sus cabezas se transformaron en calaveras cubiertas de queso, que se derretía bajo el sol y goteaba por sus orejas. Incapaces de moverse, los piratas cayeron uno a uno, víctimas de su propia gula.

Todos, excepto Patalcaso.

Una nueva aventura: la Isla Descabello

El valiente timonel, viendo que sus compañeros habían sucumbido a aquella transformación, decidió huir. Corrió de vuelta a la playa, donde las olas de orrines (no orines) rompían en la orilla. Con dos saltos y un giro en el aire, se lanzó al bote y comenzó a remar con fuerza para escapar de la maldición de la Isla de Cortapescuezos.

Tras escapar, Patalcaso llegó a la Isla Descabello, donde un marrasno furioso (no marrano) lo esperaba, listo para devorarlo. Pero el marrasno no contaba con una cosa: ¡los piratas saben amargo con nueces!

Patalcaso, decidido a sobrevivir, sacó su escopeta de chocolate adormecente y, tras un par de disparos, el marrasno cayó dormido. Sus últimas palabras fueron:

—¿Chocolate de menta? ¡Yo quería de licor!

Aliviado, Patalcaso continuó su camino, acompañado de su fiel mono Flipper. Juntos recorrieron la isla, encontrando más criaturas extrañas y, por supuesto, muchos más desafíos. En el camino, se les unió Rafus, el Rascalón, un pequeño hurón astuto que se convertiría en su nuevo compañero de aventuras.

Finalmente, los tres llegaron a una tienda abandonada de comida rápida. Para abrir la puerta, Patalcaso recordó las sabias palabras de todo buen pirata: “Ojalá te caiga un yunque antes de comerte mi hamburguesa, porque con ella nadie se mete”. ¡Y la puerta se abrió mágicamente!

Dentro, los esperaban más mentas infernales. Pero esta vez, Patalcaso estaba preparado. Con la ayuda de sus nuevos amigos, logró superar el reto y liberar a su tripulación de la maldición mentolada.

Volver al índice ↑
63

Soy habitante de Neuromia

No siempre lo supe, pero un día, mi hijo me mostró una piedra. Era pequeña, pero algo en ella me resultaba familiar. Entonces lo entendí: ¡era Neuromita pura!

Desde ese momento, me sentí feliz al recordar de dónde vengo. Ahora, esa piedra nos acompaña siempre en casa. Ahí está, pequeña y rosa, con sus vetas blancas y delicadas ranuras, siempre con su paciencia infinita. Parece llenarse de vida cada vez que la tocamos o la miramos juntos.

No importa dónde la dejemos, ella siempre vuelve a aparecer. Y cuando lo hace, nos recuerda lo especial que es cada encuentro.

Aunque no tiene vida, nos hace sentir que todos los momentos se llenan de ella.

Cuando el sol la toca, parece iluminarse desde adentro. Nunca se ve igual, y cada vez que la miramos, descubrimos un paisaje nuevo.

Es como si fuera mil mundos en uno. Es mi mundo, el lugar de donde vengo y al que puedo viajar siempre que lo desee.

Y lo mejor es que no necesito cerrar los ojos para llegar allí. Solo hace falta sonreír y, como por arte de magia, estoy en mi mundo.

Qué suerte que mi hijo me ayudó a redescubrirlo. Siempre ha estado conmigo, pero ahora puedo compartirlo, no solo con él, sino con todos.

Volver al índice ↑