Una colaboración creativa entre padre e hijo: Federico Hernández Ruiz y Emiliano Hernández Soto (2007)
En los mares de Charcón, bajo los cielos de “Quién Sabe Dónde”, navegaba el valiente pirata Capitán Mascachueco, acompañado de su feroz tripulación. Eran un grupo de piratas bien nacidos, pero muy malcriados, y todos tenían sobrenombres asombrosos:
• Patachueca, el almirante
• Narizrara, el primer comodoro
• Garzín, el grumete
• Patalcaso, el timonel
• Sachuta, el vigía
• Imareado, el cocinero
Llevaban días, tal vez semanas, surcando el mar. Pero no había aventuras a la vista, y el aburrimiento los estaba hundiendo en un letargo tan profundo que parecían convertirse en parte del barco. ¡No podía ser! ¡Un barco lleno de piratas aburridos! El Capitán Mascachueco, decidido a evitar caer en el sopor que afectaba a su tripulación, pasaba las horas construyendo barcos a escala en su camarote. Ya había armado la mitad de la flota inglesa, parte de la española y un par de veleros portugueses. Sin embargo, afuera de su camarote, la tripulación no sabía cómo vencer el tedio.
En el comedor, Patachueca no dejaba de observar cómo le escurrían los mocos a Narizrara, mientras Garzín y Sachuta jugaban a las damas chinas. El pobre Narizrara estaba tan concentrado en las jugadas de Garzín que, además de los mocos, le caía un hilo de baba desde la boca hasta el suelo, creando un charco que nadie notaba... hasta que entró el cocinero Imareado.
Al entrar, Imareado tropezó con uno de los bancos y, al intentar salvarse, pisó el charco baboso. ¡Pobre! Resbaló y, en su intento por no caer, agarró el cabello de Sachuta, quien, en un reflejo, levantó los brazos y golpeó el tablero de las damas. Una ficha voló por los aires y fue a parar al ojo de Garzín, que lanzó un grito, tiró la mesa y empezó a golpear el suelo con los pies en un arranque de rabia.
El caos estalló en el comedor. Las fichas volaban, los bancos se volcaban y la baba de Narizrara seguía escurriendo por todas partes. Patachueca se tiró hacia atrás para evitar ser golpeado por una ficha pegajosa, y justo en ese momento, la puerta del comedor se abrió de golpe.
El Capitán Mascachueco apareció en la entrada, observando el desastre. En ese instante, una ficha voló directo a su rostro y le golpeó la frente, dejando una estela de baba viscosa. El Capitán, que siempre había sido un hombre paciente, se quedó quieto unos segundos, con los ojos entrecerrados. Y, luego, gritó:
—¡Atención, rufianes! ¡A sus puestos!
Los piratas intentaron levantarse, pero el suelo estaba tan resbaloso que apenas podían mantenerse en pie. Justo cuando parecía que el caos no podía empeorar, un fuerte golpe sacudió el casco del barco, haciendo que todos volvieran a caer en un revoltijo de mocos, fichas y baba. El Capitán Mascachueco, ahora completamente enfurecido, salió a la cubierta y desde allí vio algo que lo dejó sin palabras: a lo lejos, bajo un cielo gris, se alzaba la famosa Isla de Cortapescuezos.
—¡No puede ser! —susurró. Sabía bien lo que esa isla significaba.
Había escuchado leyendas en las tabernas, mientras tomaba malteadas. “Aquellos que se topen con la Isla de Cortapescuezos tendrán un destino melindroso, como piratas de agua puerca”, decían los viejos marineros. Pero el Capitán no podía dar marcha atrás. Sabía que el destino de todo buen pirata es enfrentar lo inesperado.
La tripulación, aún cubierta de baba y desalineada, intentó recomponerse. Los mocos seguían resbalando por sus caras cuando el Capitán les ordenó desembarcar.
El desembarco en la Isla de Cortapescuezos
La playa de los Dedos Desnudos era todo lo que prometía su nombre: una franja de arena blanca donde no había ni un solo rastro de zapatos ni de civilización. Al llegar, fueron recibidos por un viento que traía un aroma peculiar... ¡Flat-tu-las! Extraños murciélagos y monos que volaban impulsados por gases poderosos.
—¡Qué lugar tan raro! —dijo Narizrara mientras trataba de limpiar los mocos de su cara.
El equipo avanzó hasta una gran cueva, la cual mostraba señales de haber sido un lugar bullicioso hace mucho tiempo. Al entrar, los piratas se encontraron con un festín: ¡un sinfín de bocados mentolados esperándolos!
Hambrientos, no dudaron en abalanzarse sobre la comida. Pero algo raro comenzó a suceder. Al poco tiempo, sus estómagos se llenaron de una sensación extraña, y lo que antes era barba, comenzó a transformarse en tubos mentolados que crecían y se enroscaban a su alrededor.
—¡Esto no es normal! —gritó Patalcaso, mientras intentaba arrancarse uno de los tubos que le caían por la cara. No solo eso: sus cabezas se transformaron en calaveras cubiertas de queso, que se derretía bajo el sol y goteaba por sus orejas. Incapaces de moverse, los piratas cayeron uno a uno, víctimas de su propia gula.
Todos, excepto Patalcaso.
Una nueva aventura: la Isla Descabello
El valiente timonel, viendo que sus compañeros habían sucumbido a aquella transformación, decidió huir. Corrió de vuelta a la playa, donde las olas de orrines (no orines) rompían en la orilla. Con dos saltos y un giro en el aire, se lanzó al bote y comenzó a remar con fuerza para escapar de la maldición de la Isla de Cortapescuezos.
Tras escapar, Patalcaso llegó a la Isla Descabello, donde un marrasno furioso (no marrano) lo esperaba, listo para devorarlo. Pero el marrasno no contaba con una cosa: ¡los piratas saben amargo con nueces!
Patalcaso, decidido a sobrevivir, sacó su escopeta de chocolate adormecente y, tras un par de disparos, el marrasno cayó dormido. Sus últimas palabras fueron:
—¿Chocolate de menta? ¡Yo quería de licor!
Aliviado, Patalcaso continuó su camino, acompañado de su fiel mono Flipper. Juntos recorrieron la isla, encontrando más criaturas extrañas y, por supuesto, muchos más desafíos. En el camino, se les unió Rafus, el Rascalón, un pequeño hurón astuto que se convertiría en su nuevo compañero de aventuras.
Finalmente, los tres llegaron a una tienda abandonada de comida rápida. Para abrir la puerta, Patalcaso recordó las sabias palabras de todo buen pirata: “Ojalá te caiga un yunque antes de comerte mi hamburguesa, porque con ella nadie se mete”. ¡Y la puerta se abrió mágicamente!
Dentro, los esperaban más mentas infernales. Pero esta vez, Patalcaso estaba preparado. Con la ayuda de sus nuevos amigos, logró superar el reto y liberar a su tripulación de la maldición mentolada.